Imagina por un momento que cada peso o dólar que recibes es un pequeño trabajador.
Algunos tendrán una misión inmediata: pagar alimentos, vivienda, transporte, servicios y otras necesidades. Otros deberían permanecer disponibles para protegerte frente a una emergencia. Pero también debería existir un grupo cuya misión sea diferente: salir a producir más dinero.
Esa es una manera sencilla de comprender la inversión.
El problema aparece cuando prácticamente todo nuestro dinero termina destinado al consumo. Trabajamos para obtenerlo y, poco después, ese dinero está trabajando para los negocios y empresas donde lo gastamos.
Esto no significa que debamos dejar de disfrutar lo que ganamos. El objetivo es conseguir equilibrio.
Podemos establecer una cantidad periódica destinada exclusivamente al crecimiento. No tiene que ser enorme. Lo importante es crear el hábito y posteriormente decidir dónde colocarla según nuestros conocimientos, objetivos y tolerancia al riesgo.
Para una persona, eso podría significar una inversión financiera diversificada. Para otra podría ser comprar herramientas para ampliar su negocio. Para alguien más podría significar capacitarse en una habilidad que aumente sus ingresos.
La inversión no siempre tiene la misma apariencia.
Lo importante es diferenciar aquello que simplemente consume nuestro dinero de aquello que tiene posibilidades razonables de aumentar nuestra capacidad económica.
Cuando conseguimos beneficios aparece otra decisión fundamental: gastarlos completamente o permitir que una parte continúe trabajando.
Ahí comienza el poder de la reinversión.
Trabajar por dinero puede ayudarte a vivir. Aprender a poner una parte de ese dinero a trabajar puede ayudarte a construir patrimonio.